La piedra removida entre nosotros
Aquel domingo, al volver del Santuario, algo había cambiado. No fuera, sino dentro. Era como si una piedra se hubiese removido en cada uno. Como si el peso de nuestros miedos, rutinas, heridas viejas…, se hubiera hecho más liviano al mirarnos a los ojos.
Nos abrazamos, con esa ternura que solo brota después de haber caminado juntos en lo hondo. Y entonces lo supimos: ¡Cristo ha resucitado! Y no solo hace siglos. Resucita hoy en nosotros, cuando creemos que el amor sigue siendo más fuerte que la muerte.
Resucita cuando un matrimonio, a pesar de las grietas, vuelve a mirarse con fe. Cuando un curso aprende a esperar al más lento, a cargar con el cansancio del otro, a reírse con ganas después del llanto. Cuando encendemos juntos la vela de la Alianza, y su luz no es sólo símbolo, sino esperanza real.
En esta Pascua, descubrimos que no hay sepulcro que encierre para siempre la vida. Que el curso no es solo un grupo, sino una familia donde el Resucitado se hace pan, palabra y camino compartido.
El rostro de la Pascua
La alegría de la Resurrección no es solo euforia o fiesta ruidosa. Es también ese brillo sereno en los ojos de quienes han pasado por la cruz y no han dejado de amar.
Este año, la Pascua nos sorprendió con el rostro de nuestros hermanos de curso. En la mano tendida del que sabe que no puede solo. En la risa compartida tras una conversación difícil. En la fidelidad silenciosa de quienes siguen ahí, incluso cuando el camino se hace cuesta arriba.
Cristo vive cuando nos sentamos en círculo y celebramos que no estamos solos. Cuando las historias se entrelazan y nos sentimos parte de algo más grande que nosotros. Cuando descubrimos que la Alianza nos une, y que en cada vínculo cultivado, en cada gesto de amor concreto, hay Pascua.
Porque si Él vive, también nosotros podemos vivir de nuevo. Como matrimonios. Como comunidad. Como curso.

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