Viernes por la tarde, subimos la ladera norte de la montaña. Hace frío y ya es de noche, aunque arriba se adivinan las cumbres nevadas. Llevamos en el corazón a la hermana de Chus que acaba de fallecer. Llegamos a una casa ya conocida. Es buena esa sensación de «volver a casa». Una casa de piedra, sencilla, acogedora. Un comedor sobrio, donde huele bien a comida recién hecha. Habitaciones sin pretensiones y limpias, radiadores calientes, una sala luminosa para trabajar y dos capillas a nuestra disposición. Un jardín con árboles centenarios revestidos de invierno. ¿Qué más se puede pedir?
Dos días son pocos, pero 48 horas son muchas. Nuestro Jesús, pequeño en su custodia, decide quedarse las 48 horas con nosotros, así es que sentados en el suelo los más jóvenes y en las pocas sillas de madera los mayores, nos decimos ¡»Es la hora»! Es la hora de recuperar a Cristo para anunciarle, ya no en países de ultramar, sino aquí cerca, a la vuelta de la esquina donde conviven la ignorancia y la miseria. En la capilla, unos libros, textos escogidos para meditar, frases sueltas con las que identificarnos, los rosarios desplegados por el suelo; un pensado desorden que nos ayuda a meditar, a orar en soledad o en comunidad, pero en silencio. Gracias Marta y José Manuel.
Por primera vez en la historia de nuestra federación en España, no estamos acompañados por asistentes religiosos o sacerdotes, salvo para las Eucaristías y confesiones, tan importantes, ¡por cierto! Pero somos conscientes, de que todos tenemos la dignidad de sacerdotes por el bautismo y estamos llamados a ser laicos comprometidos, capaces de tomar decisiones sobre el devenir de nuestra historia, y de forma madura crear un estilo de vida propio que impacte sobre el entorno. ¡En eso estamos! Y sin duda, Cristo en el medio. María nuestra Madre y Educadora tiene como primera tarea llevarnos a Cristo, y con Cristo al Cielo.
La conducción del Retiro la hacen nuestros jefes, Paz y Mason y el Consejo. Las charlas o impulsos de vida están a cargo de algunos de nuestros hermanos, bien preparados y formados, bien parecidos también (¡daba gusto verlos!) y entrenándose en el arte de comunicar. Bravo, Maureen y Ambrosio, Conchita y Rudy.
Y supieron comunicarnos muy acertadamente el Amor de Cristo y a Cristo. Conocer en Él nuestra tarea evangelizadora a través de nuestro carisma y cada uno según sus talentos, diversos y originales, pero no superiores a nadie ni a nada. Comprometernos en la transformación de la Sociedad a través de la familia, de los vínculos personales, en definitiva de lo que somos y en el amor que se debe ir gestando desde la amistad más alegre hasta la entrega más heroica; desde lo más pequeño y cotidiano hacia lo más alto y excelso. Desde la Alianza de Amor hasta el amor inmolador o Inscriptio. Muchas veces en lo escondido e invisible, como el telar que va tejiendo silenciosamente hasta dibujar una imagen con hilos de oro. Pero Él, nuestro Cristo, lo ve. ¡Me lo ha dicho al oído en la capilla!
Y otras preciosas prácticas religiosas, artísticamente diseñadas, como el vía Crucis o la vigilia sobre el desierto, nos ayudan también a meditar sobre la soledad y cruz de Jesús que se entrega por nosotros y se deja querer en sus caídas cuando hacemos de Verónica, o le acompañamos en el recorrido por el camino de la cruz. ¡Gracias María, Jesús y Jorge, Vivian y Douglas! Y siempre amenizado por voces jóvenes, buena música y múltiples detalles hechos con cariño.
Este Retiro es un antes y un después en nuestra historia de Federación. Grandeza y pequeñez. Responsabilidad por lo que somos y es nuestro. Estamos en el camino, en el buen camino. ¡Gracias a los que han creído y se han atrevido! Volvemos a casa con la pena de la muerte de Elena, la madre de Álvaro, y con la pena por todos aquellos a quien no hemos podido abrazar porque no han podido estar. Es la hora, ¡la hora de levantarnos y salir! La hora de tomar las riendas, de abrazar lo que Dios quiera sin miedo, porque ¡todo lo que Él quiere es bueno, muy bueno!


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