Aquel día, el viaje a la casa de los Maristas en Burgos fue tranquilo, temprano por la mañana. A pesar de ser puente de mayo, no había apenas tráfico, y las tormentas de la noche daban paso a una lluvia fina con treguas luminosas desde donde se apreciaba bien el verde intenso de la campiña castellana, con sus cultivos incluidos. Tuvimos la suerte de ser sobrevolados por algún ave de presa, con sus grandes alas desplegadas, planeando en busca de su presa favorita o por lo menos de alguna que pudiera servirles de sustento aquel día. Hablamos Eduardo y yo de lo bonita que era España, no importaba si fueras al norte, sur, este u oeste. La primavera sabe resaltar siempre las bondades de cualquier naturaleza. Siempre será para nosotros reflejo de la maestría de buen Dios dibujando sus paisajes.
Llegamos pronto a nuestro destino, y allí frente a la puerta había un niño sentado en la gran escalera de piedra con sus grandes zapatos apoyados en el tercer escalón. Aquellos zapatos eran muy grandes para unos pies tan pequeños, aunque a él se le veía muy cómodo en ellos, en una animada conversación con otro niño de su misma edad. Así es que me pudo mi curiosidad y me senté al lado de ambos. “Oye, ¡me encantan tus zapatos…!”, dije “sí, son muy bonitos”, me contestó “son de mi papá!” ¿Y, “te resultan cómodos?” volví a preguntarle. “Claro!!!”. Su expresión denotaba asombro. Debió de pensar:” Qué rara esta señora, acaso no sabe lo cómodo que está uno en los zapatos de su papá?”
Tuve en mi mente y seguí con mi mirada a ese pequeño y sus zapatos, durante los dos días siguientes, en aquel campamento de niños y mayores en el que tanto aprendimos unos de otros. Esa imagen y ese niño me llevó muy dentro de mí, donde todavía vive aquella niña de la misma edad a quien también le gustaba ponerse los zapatos de su papá, que en verdad eran como barcas para ella, pero en las que navegaba sin ningún tipo de problema. En la capilla orando, cerré los ojos y sentí el calor de aquel calzado, que tanto ruido hacía esta vez subiendo las escaleras de mi casa. ¡Qué segura me sentía en ellos!
Entonces con los ojos todavía cerrados, volví a mi edad adulta, pidiéndole a Dios, si me podía prestar por un ratito sus zapatos de Padre. Él sonrió como solo Él lo sabe hacer, y entendí que me decía que sus zapatos no me los podía prestar en aquel preciso instante, pues estaba muy ocupado yendo de un sitio para otro con mucha prisa para poner orden aquí y allá, llevando Amor y esperanza al Universo entero. Pero con un gesto rápido me metió en sus zapatos donde lo primero que sentí, como cuando era niña, fue el calor inmenso y dulce de sentirme protegida y segura. Y a la velocidad del rayo, o por lo menos yo así lo interpreté comenzó un viaje que nunca olvidaré.
No era yo la única que viajaba en aquellos zapatos realizados especialmente por el mejor maestro zapatero que, por cierto, vivía en una estrecha calle que tenía acceso directo al trono del Rey del mundo. Seguramente desde ahí podía entrar sin demora cada vez que los pies de aquel Rey así lo necesitaran, pues visto el uso que aquel Rey hacía de sus zapatos, probablemente necesitaría suelas nuevas muy a menudo. En aquellos zapatos viajaban muchos otros, especialmente aquel día muchas familias con hijos pequeños y adolescentes. También algún que otro abuelo, aunque tengo entendido que, para los abuelos, aquel Padre tenía reservado unos zapatos mucho más cómodos, pues ya se sabe que los abuelos tienen los huesos un poco duros, y el buen Dios esto lo tiene muy en cuenta. Es como quien dice “viajar en primera clase”. Hasta donde yo pude ver, en aquel viaje desde aquellos zapatos, junto a aquellos Pies calentitos, había muchos españoles, que sobre todo reían haciendo mucho ruido, y hablaban muy deprisa por miedo a no poder contarse tantas cosas interesantes. Había algunos chilenos y ecuatorianos muy simpáticos y guapos, y otros alemanes más serios y ordenados. Estos casi no se movían de su silla, pues temían molestar a los que estaban cerca, pero sonreían mucho y hablaban de cosas interesantísimas…
Escuché algo así como “la Federación en la Obra familiar”. El caso es que me sonaban mucho aquellas palabras, pero con tanta claridad y entusiasmo no me parecía haberlas oído nunca. Hablaron también de algo que llamaban “libertad interior, en Dios”, que me produjo una gran paz, no sé muy bien por qué. Y otras cosas de las que yo ya había oído hablar: se trataba de algo llamado ideales (personales, matrimoniales, de curso, de Federación), pero que yo no había sabido del todo utilizar. El caso es que en aquellos zapatos todo parecía tan fácil. También hablaban muy sabiamente del problema en la tierra del cambio climático y de cómo podíamos aprender mejor a cuidar de la naturaleza que Dios construyó para nosotros. Y de una cosa llamada Caritas que a Dios le debía gustar mucho, pues movió los pies como sonriendo (¡¡¡¡es que la cara no conseguí del todo vérsela, porque Dios es tan grande!!!!) Parecía que todo era un regalo de Dios y que Él quería que jugáramos con Él, a lanzarnos la pelota, al escondite, al quién es quién, a bailar, saltar obstáculos, saber escuchar lo que nos llega por un “teléfono escacharrado”, a cómo se torea un toro con elegancia sin que éste nos haga daño, a escuchar historias de amor a la luz de las velas. Bueno, bueno, no os podéis imaginar lo entretenido que estaba siendo aquel viaje. ¡Y lo mejor, la gran amistad que conseguimos hacer entre todos aquellos viajeros en los zapatos del Buen Dios!
Pero no fue eso lo único. Viajamos por prados verdes, montañas altas, ciudades grandes y bien construidas, ríos transparentes con hermosas cascadas, volcanes encendidos que no quemaban, huertos de árboles frutales de todo tipo, lagos tranquilos, bosques frondosos donde los rayos de sol se paraban a descansar. Y ciudades, muchas ciudades y pueblos pequeños y en ellos muchas manos tendidas hacia arriba que también querían subirse a esos zapatos de Dios.
Desperté de repente de aquel sueño, de aquella oración porque ya era hora de volver a casa, y menos mal que estaba Eduardo a mi lado, dándome la mano, porque si no me hubiera sentido muy sola. Aunque él no me lo ha contado todavía, pues es hombre de pocas palabras, intuyo que también estuvo en ese mágico viaje en los zapatos de Dios, y así nos despedimos de cada uno de los que allí estaban, dándome cuenta de que con ellos habíamos viajado lejos. También de aquel niño que tanto me había inspirado y hecho soñar con los zapatos del Padre Dios. Seguiremos viajando juntos, no lo dudo, y con muchos más. ¡Esos zapatos eran enormessssss!

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