Son las siete y media de la mañana. Suena el despertador y comienza un nuevo día. En la cocina, mientras se prepara el café, alguien pregunta dónde están las llaves del coche. Hay que salir pronto, llegar al trabajo, organizar la comida y recordar esa cita médica que lleva días apuntada en el calendario. Antes de marcharse, él se acerca y le da un beso. Un gesto sencillo, repetido durante tantos años que quizá ninguno de los dos se detiene ya a pensar en él.
Pero ¿y si precisamente ahí, en ese beso apresurado, en el café que uno prepara para el otro, en la paciencia necesaria para no contestar de mala manera cuando todos tienen prisa, estuviera Dios haciéndose presente? A veces imaginamos que para encontrarnos con Él necesitamos un momento especial, una oración especialmente profunda o esa tranquilidad que pocas veces conseguimos en nuestras casas. Y, sin embargo, Dios no espera a que nuestra vida se detenga para salir a nuestro encuentro. Está en medio de ella.
Dios también está en nuestra cocina
Pensemos en una escena que seguramente nos resulte familiar. Es la hora de cenar. Uno de los dos ha tenido un día complicado y llega a casa preocupado. El otro tampoco está precisamente descansado. Hay cosas pendientes, alguna llamada que devolver y pocas ganas de escuchar problemas ajenos.
—¿Qué tal el día?
—Bueno, ya te contaré…
Y en ese «ya te contaré» hay algo que invita a detenerse.
Podemos seguir haciendo lo que teníamos entre manos o podemos sentarnos un momento y escuchar. Quizá no sepamos qué aconsejar, ni tengamos la solución para aquello que preocupa al otro. Pero estamos ahí, compartiendo lo que nos pasa, haciendo que las dificultades pesen un poquito menos.
¿No es también esa una manera de hacer presente el amor de Dios?
El padre Kentenich nos enseñó a descubrir a Dios en la vida, en las personas y en los acontecimientos cotidianos. Su pedagogía nos invita a mirar más allá de lo que sucede, a reconocer que Dios puede hablarnos a través de esas circunstancias aparentemente insignificantes. No se trata de buscar explicaciones extraordinarias a todo cuanto nos ocurre, sino de aprender a vivir con una mirada diferente. Porque la fe no empieza cuando cerramos la puerta de casa para ir al Santuario o cuando nos reunimos con nuestro curso o grupo oficial. La fe está llamada a impregnar nuestra manera de vivir, de relacionarnos y de querernos. Y eso, muchas veces, comienza en la cocina.
Cuando las cosas no salen como esperábamos
Pero no todos los días somos capaces de responder con una sonrisa. Hay mañanas en las que estamos de mal humor, tardes en las que perdemos la paciencia y conversaciones que terminan bastante peor de lo que habíamos imaginado. Una palabra desafortunada, una contestación brusca, un reproche que llevábamos tiempo guardando… Y después, ese momento incómodo en el que sabemos que deberíamos acercarnos al otro, pero nos cuesta dar el primer paso.
—Oye, perdona. Antes no tendría que haberte hablado así.
Son apenas unas palabras. Sin embargo, ¡cuánto pueden cambiar el ambiente de una casa! Quizá nos hemos acostumbrado a relacionar la santidad con personas extraordinarias, capaces de grandes sacrificios y virtudes admirables. Pero nuestra santidad matrimonial también se construye en esos pequeños esfuerzos por vencer el orgullo, reconocer nuestros errores y volver a empezar.
La autoeducación, tan importante en la espiritualidad de Schoenstatt, tiene mucho que ver con esto. No consiste en convertirnos de golpe en personas distintas, sino en trabajar sobre nosotros mismos, con paciencia y perseverancia, para que el amor vaya transformando nuestra manera de actuar. Y a veces, el pequeño propósito de hoy puede ser tan sencillo —y tan difícil— como escuchar sin interrumpir, no responder con ironía o pedir perdón antes de que termine el día.
Aprender a confiar cuando nuestros hijos crecen
Hay otra escena que también forma parte de muchas de nuestras familias. Suena el teléfono. Es uno de nuestros hijos. Nos cuenta una decisión que ha tomado, una dificultad que atraviesa o un proyecto que no termina de salir adelante. Escuchamos, preguntamos, aconsejamos… Y cuando colgamos, nos quedamos pensando.
Nos gustaría poder evitarle las dificultades, ahorrarle los errores y allanarle el camino. Pero sabemos que hay decisiones que le corresponden únicamente a él. ¡Qué difícil resulta a veces querer sin intentar resolverlo todo! Quizá en esos momentos comprendamos un poco mejor lo que significa confiar en la Divina Providencia.
La fe práctica en la Divina Providencia, uno de los pilares de nuestra espiritualidad, nos invita a descubrir la presencia amorosa de Dios en nuestra historia y a responder con confianza, incluso cuando no sabemos cómo van a desarrollarse los acontecimientos. No significa despreocuparnos de nuestros hijos ni renunciar a ayudarles. Significa reconocer que su vida también está en manos de Dios, que Él los ama y los acompaña incluso allí donde nosotros ya no podemos llegar. Y quizá esa noche, antes de acostarnos, nos acerquemos un momento al Santuario Hogar.
—Mater, tú sabes lo que me preocupa. Ayúdame a confiar.
No hacen falta muchas palabras.
Un Santuario en medio de nuestra vida
Cuando consagramos nuestro hogar a María, le ofrecemos un lugar en nuestra casa. Colocamos su imagen, quizá unas flores, una vela o algún pequeño recuerdo de nuestra historia familiar. Pero el Santuario Hogar está llamado a ser mucho más que un rincón bonito al que acudimos para rezar. Es una invitación a que María forme parte de nuestra vida, de nuestras alegrías y preocupaciones, de nuestras decisiones y también de nuestras dificultades.
A veces pasamos delante de su imagen sin detenernos. Otras, nos acercamos porque necesitamos confiarle algo que nos inquieta. Quizá encendemos una vela por alguien que está enfermo o damos gracias por una buena noticia. Y también podemos ofrecerle esos pequeños esfuerzos que nadie ve.
La paciencia que hemos tenido con una persona mayor que necesita que le repitamos las cosas varias veces. La visita a unos padres que empiezan a depender de nosotros. La renuncia a un plan que nos apetecía para acompañar a quien lo necesita. O ese rato de oración que encontramos cuando parecía imposible sacar un momento para nosotros.
Son aportaciones al capital de gracias.
En Schoenstatt hemos aprendido que nuestras oraciones, sacrificios y esfuerzos de autoeducación, ofrecidos a María en la alianza de amor, tienen un valor que va más allá de nosotros mismos. ¡Qué hermoso pensar que algo tan pequeño como una palabra amable, un gesto de paciencia o una dificultad aceptada con amor puede convertirse en una ofrenda a la Mater! No porque nuestros esfuerzos sean extraordinarios, sino porque se los entregamos a Ella, confiando en que los haga fecundos.
Y cuando llega una nueva etapa…
Con los años, nuestras familias cambian. Los hijos crecen, algunos se marchan de casa, llegan los nietos y aparecen nuevas responsabilidades. A veces también llegan las enfermedades, las limitaciones físicas o la preocupación por nuestros padres, que van haciéndose mayores. La vida matrimonial adquiere otro ritmo. Quizá ya no hay que preparar mochilas ni correr para llegar al colegio, pero hay otras tareas, otras inquietudes y nuevas maneras de entregarnos.
Una tarde acompañando a un nieto, una visita al hospital, una llamada a alguien que vive solo o una conversación tranquila con nuestro cónyuge durante un paseo. También en esta etapa Dios sigue invitándonos a crecer. Nuestra vocación matrimonial no termina cuando los hijos se independizan ni cuando dejamos atrás determinadas responsabilidades. Sigue viva, porque siempre podemos aprender a amar un poco mejor. Y quizá descubramos que tenemos más tiempo para mirar a nuestro alrededor, para acompañar a otros matrimonios, para participar en la vida de nuestra comunidad o para ofrecer nuestra experiencia a quienes comienzan su camino.
La Federación nos invita precisamente a eso: a hacer de nuestra vida matrimonial un camino de santidad y apostolado, allí donde Dios nos ha puesto y con las circunstancias que nos toca vivir. No necesitamos una vida diferente para responder a nuestra vocación. Necesitamos aprender a descubrir las oportunidades que nos ofrece la nuestra.
Al terminar el día
La casa está tranquila. Por fin. En la cocina quedan un par de vasos por recoger y sobre la mesa descansa una lista de cosas pendientes que, una vez más, no hemos conseguido terminar. Mañana será otro día. Él aparece por la puerta.
—¿Te preparo una infusión?
—Venga, sí. Gracias.
Se sientan un rato. Hablan de una llamada que tienen que hacer, de cómo se encuentra uno de sus padres, de los planes del fin de semana. Nada especialmente importante. O quizá sí. En algún momento, uno de los dos recuerda algo que ha ocurrido durante el día y se echan a reír. Hacía tiempo que no se reían así, por una tontería. Después, antes de acostarse, ella se detiene un instante ante la imagen de la Mater. No tiene nada especial que pedir. Tampoco encuentra grandes palabras para dar gracias. Simplemente la mira.
Y piensa en el día que termina. En lo que ha salido bien y en lo que podría haber hecho mejor. En aquella conversación en la que le faltó paciencia, en la preocupación que todavía no sabe cómo resolver, pero también en el beso de la mañana, en una llamada cariñosa, en la risa compartida hace apenas unos minutos. Cuántas cosas pequeñas. Cuántos momentos que pasan casi sin que nos demos cuenta.
Quizá mañana vuelva a tener prisa. Quizá vuelva a perder la paciencia o se preocupe demasiado por algo que no está en sus manos. Seguramente habrá días en los que le cueste encontrar un momento para rezar. Pero esta noche, delante de la Mater, comprende algo que tantas veces olvidamos: Dios no le está pidiendo que viva una vida distinta. La está invitando a descubrirlo en la suya. En esa familia concreta, con sus alegrías y sus dificultades. En ese matrimonio que lleva tantos años aprendiendo a quererse.
Y quizá eso sea lo más hermoso de nuestra vocación como matrimonios de la Federación: saber que no necesitamos esperar a los grandes acontecimientos para encontrarnos con Dios. Que nuestra alianza de amor se renueva también cuando escuchamos, cuando perdonamos, cuando nos preocupamos por alguien o cuando ofrecemos a María aquello que nos cuesta.
Apaga la luz del Santuario Hogar y se dirige al dormitorio.
—Buenas noches.
—Buenas noches. Hasta mañana.
Y mañana, cuando vuelva a sonar el despertador, Dios estará allí de nuevo.
En el café recién hecho, en el beso de despedida, en las prisas de siempre y en tantas pequeñas oportunidades de amar que nos esperan sin hacer ruido.
Porque, al final, quizá lo extraordinario de nuestra vida no esté en las grandes cosas que lleguemos a hacer, sino en descubrir cuánto amor podemos poner en las pequeñas.
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